Cien años de un encuentro

El año 2012 se cumplen cien años del encuentro de Antonio Machado con Baeza y de esa ciudad con el poeta o, lo que es lo mismo, cien años de su vuelta a Andalucía tras su estancia familiar en Madrid, sus viajes a París y sus años de profesor en el Instituto de Soria. Dada la importancia que la estancia del poeta tuvo para la poesía española, esta convencional circunstancia se va a convertir en una fiesta de la cultura y en ocasión de celebración del poeta, de su encuentro con la ciudad y de su inagotable obra. Para ello, el Ayuntamiento de Baeza, en colaboración con otras instituciones locales, universitarias, autonómicas y nacionales, ha decidido promover a través de una comisión ciudadana una serie de actividades con las que celebrar este centenario, procurar la difusión de la obra del poeta, muy especialmente entre nuevos lectores, además de cultivar su memoria dado que ha sido ejemplo y lección tanto en el dominio de la creación literaria como en el plano de su responsabilidad civil. Por otra parte, esta celebración resulta necesaria ya que la estancia de Antonio Machado en Baeza provocó en él uno de los periodos más fecundos y profundos de su actividad literaria. El contacto con ese trozo andaluz de la realidad española dio como resultado una producción a todas luces importante, reconocida como tal por la generalidad de los críticos de Machado y, muy especialmente, por sus lectores.

Esta web da cuenta de todo lo que acontece en torno a esa celebración, así como de lo relacionado con el periodo baezano de la vida y obra del poeta de la palabra esencial en el tiempo.


ELOGIO DE ANTONIO MACHADO Y BAEZA EN SU CENTENARIO

ANTONIO CHICHARRO
De la Comisión del Centenario del Ayuntamiento de Baeza

El 22 de febrero, día en que se recuerda la muerte de un poeta estrechamente vinculado a Baeza y en que se inaugura la celebración del Centenario de la llegada de Antonio Machado a Baeza, escribo este elogio de un poeta ‒también, paralelamente, de la ciudad que lo acogió en 1912 y que nunca se olvidó de él‒ siguiendo el modelo que nuestro poeta trazara con los dos poemas que dedicó a Miguel de Unamuno y a Juan Ramón Jiménez incluidos en la primera edición de Campos de Castilla, de 1912, un libro por cierto también centenario, en una breve sección final titulada “Elogios” y que continuó, ya en Baeza, con la escritura de un importante número de, por lo general, extensos poemas dedicados, entre otros, a Francisco Giner de los Ríos, José Ortega y Gasset, Rubén Darío, Azorín y Gonzalo de Berceo.

Y cuál es, cabe preguntarse, ese modelo de elogio machadiano y cuál la razón del mismo. Pues bien, como seguramente el lector conoce, Antonio Machado dejó escrito en una de sus cartas a Juan Ramón Jiménez lo siguiente: “Te mando esa composición al libro Castilla de Azorín para que veas la orientación que pienso dar a esa sección. Trato en ella de colocarme en el punto inicial de unas cuantas almas selectas y continuar en mí mismo esos varios impulsos, en una causa común, hacia una mira ideal y lejana. Creo que la conquista del porvenir sólo puede conseguirse por una suma de calidades. De otro modo el número nos ahogará”. Poco comentario y sí mucho seguimiento necesitan estas palabras pues queda claramente vislumbrado el sentido y propósito finales de una sección poética con clara voluntad de erigirse en libro autónomo ‒nuestro poeta llegó a adelantarle al poeta de Palos de Moguer incluso su título nonato: Hombres de España‒, un libro que hubiera contenido unos poemas ejemplares con los que encumbrar a algunos nombres de la mejor cultura española por merecer éstos su recuerdo y emulación con la vista puesta en un superior ideal de vida para España.

Ahora bien, aunque dicho libro no llegó a cuajar como tal, sí quedaron esos poemas formando la sección “Elogios” añadidos junto con otros textos poéticos escritos hasta 1917 en Baeza al cuerpo de la primera edición de sus Poesías Completas (1899-1917). Y, con esos poemas, quedó el modelo de que hablo, un modelo que nos conduce a la búsqueda de almas selectas, que nos hace mirar alto proyectándonos en una causa común, que aborrece del número para buscar la calidad de las personas y que nos incita a nutrir una corriente vital e impetuosa que arrastre lo que de peor pueda tener nuestra cultura y sociedad.

Es muy probable que cuando Antonio Machado escribiera esa carta desde Baeza a su amigo Juan Ramón Jiménez y anduviera espigando nombres modélicos a los que entregarse en su proyecto poético, como ocurre en el caso ejemplar de Francisco Giner de los Ríos, ignorara que él y su obra llegarían a ser ‒y de qué modo‒ muy poco tiempo después altos modelos ellos mismos, espejos en los que mirarse y en los que buscar lo mejor para nuestra causa común que nos aleje de la inercia y nos eleve sobre el suelo.

Pues bien, aquí reside la razón última de que una ciudad entera, Baeza, con su Ayuntamiento al frente y, en él, con el apoyo de todas las fuerzas políticas representadas, se haya decidido a celebrar el centenario de su encuentro con un poeta que la hizo palabra poética y, mediante sus críticas, los modelos esgrimidos y el canto de la belleza de sus campos y gentes sencillas, le indicó un camino a seguir. Y esto explica la importancia que desde el primer momento se le reconoció a la estancia, entre 1912 y 1919, del poeta en la ciudad y las altas consecuencias que su paso por Baeza tuvo no sólo para su poesía sino también para la poesía española y para nuestra cultura entendida en su sentido más ancho. Por eso, cómo no celebrar este Centenario. Por eso, cómo no escribir este elogio de un poeta y señalar con él a quien todavía no lo haya pensado o no lo sepa uno de los más altos valores de nuestra cultura y poesía contemporáneos.