Salvador González Anaya

18 Ago 1931

En el Instituto de Baeza [Alonso] se hizo bachiller fácilmente; que en el saber no tuvo límites y a todas las asignaturas se aplicaba con devoción. Estudió francés con Machado, el poeta taciturno de Galerías, por aquel tiempo catedrático, y le acompañó muchas tardes a pasear por la Montalvas. De él aprendió cosas sublimes nada concordes con la cátedra que explicaba en el Instituto; por ejemplo: a amar el paisaje que, desde algunos sitios de las murallas desplegábase en la diaprura de sus profundos horizontes más allá del Gaudalquivir, cantado en estos versos por don Antonio:

El río va corriendo,
entre sombrías huertas
y grises olivares,
por los alegres campos de Baeza.
Tienen las vides pámpanos dorados
sobre las rojas cepas.
Guadalquivir, como un alfanje roto
y disperso, reluce y espejea
Lejos, los montes duermen
envueltos en la niebla,
niebla de otoño

Y a más de esto, le enseñó al doncel, sin alardes, a venerar los arquetipos de la arquitectura beatiense, deteniéndose con frecuencia ante algunas portadas de la Basílica; y en la extraña casa del Pópulo, erigida con materiales de la que fue ciudad de Cástulo; y ante la gótica fachada del palacio de Benavente que afeó la centuria decimonona, recargándolo con balcones y cristaleras de mal gusto; y frente al edificio que para cárcel -pétreo primor del siglo quince-, construyó el maestro Vandelvira, discípulo de Miguel Ángel; y en el magnífico Instituto, con fastos de gloriosa Universidad que regentó como patrono el venerable Juan de Ávila; y en los escudos de infanzones, y en los joyeles platerescos, y en tanta maravilla como hacen de Úbeda y Baeza —las dos ciudades de la Loma—, relicarios de viejos siglos.

Nido real de gavilanes, Madrid, 1931.