Lorenzo Guillén (Seudónimo de Jaime Vicens Vives)

4 sep 1943

NIDO REAL DE GAVILANES

Pues, no lo dude usted, amigo lector. Es la propia Baeza, esa Baeza a la que le invito a acercarse a través de estas líneas. Quizá tenga usted una idea vaga de dónde se halla situada: pero esto, ¿qué importa si el solo nombre le invoca las gestas de los hidalgos y caballeros contadas más de una vez por el romancero? Es la misma Baeza glorificada en sus atardeceres por el cincel definitivo de Antonio Machado.

“Nido real de gavilanes” la llamó el autor anónimo de la octava en que se interpreta el escudo de armas de la ciudad; esto es, refugio de los bravos que desde la cima de sus lomas avizoraban a las huestes del Islam, cuyas verdes enseñas esmaltaban las montañas del otro lado del Guadalquivir, defendiendo los pasos de Granada. Nido del que se desprendían en fructuosas algaras, que una y otra vez probaban el mejor temple de los aceros cristianos, y en el que se guarecían cuando la morisma escalaba los repechos del valle en son de guerra y en demanda de botín. Alguna vez se perdió Baeza ante la avalancha de los enemigos. Pero, por fin, Fernando el Santo la recobró para siempre, dispuesto a hacer de ella la avanzadilla de Castilla en Andalucía, en aquel espolón de la loma que muerden en su confluencia el Guadalquivir y el Guadalimar.

De aquel siglo XIII de hierro y de victorias de la Cruz apenas quedan testigos de la magnífica arqueología de la población. Porque, desde luego, Baeza es una ciudad monumental. No diré que este hecho sea muy conocido, a no ser por un grupo de eruditos y amantes del arte hispánicos; incluso muchos baezanos parecen olvidarlo, quizá abrumados por la densidad de sus templos y palacios. Las rutas del tráfico han contribuido a que la ciudad mantuviera sus secretos, pues el ferrocarril de Madrid a Andalucía, aunque tenga su no diremos excelente estación de Baeza, cruza por el valle del Guadalimar, a un veintena de kilómetros de distancia. Y así el turismo de agenda ‒arte califal cordobés, Semana Santa sevillana, Alhambra granadina‒  pasa raudo con sus tarifas al céntimo, sus explicaciones estereotipadas y sus asombros meticulosamente distribuidos y preparados, mientras Baeza se conserva impoluta ‒quizá gracias a Dios‒ de la curiosidad impertinente de los viejos “standard”  y de la necedad de los “cicerones” oficiales.

Baeza respira el siglo XVI, el siglo por excelencia de Andalucía en España. Entonces era rica ‒como lo es ahora‒, rica de sus campos ubérrimos de cereales, de sus feracísimos olivares, pero, además, tenía espíritu y voluntad en sus hijos más ilustres. Gente que suponemos austera y arrogante, celosa de sus prerrogativas y de su fe, con esa hidalguía amplia y acogedora de que aún hoy quedan, por fortuna, tantos vestigios. Nunca se dejaron amilanar los próceres baezanos por el temor o la coacción; y más de una vez se echaron al campo de las luchas políticas en defensa de la bandera que creían serviría mejor a la realeza: con don Sancho contra el Rey Sabio; con don Alfonso, el hermano de Isabel la Católica, contra el desgobierno de Enrique el Impotente; y, por fin, con las Comunidades castellanas contra el señor de Chevres y la plaga de los ávidos cortesanos de Flandes. Fueron leales en toda ocasión, y así, al reconocer cuán equivocados anduvieron al levantarse contra el César, erigieron en su honor, y como desagravio de su pasada rebeldía, uno de los monumentos más encantadores que encierra la Población, el arco del Pópulo.

Esa es la Baeza que todavía despliega hoy la maravilla de sus palacios y monasterios despoblados. La Baeza de los bellos rincones platerescos, de las fachadas en que los escudos de armas pregonan la prosapia de sus antiguos hijos: leones rampantes, de gesto trágico en su impotencia de piedra; águilas bicéfalas de las dedicatorias imperiales; robles y piñas del Norte: cruces de las Órdenes militares; torreones, espuelas y espadas de los hechos de combate… Un curso de heráldica se va desplegando en cada una de las calles de la ciudad, como posible acicate y estímulo de un nuevo futuro de grandeza. ¿O no nos dice nada el ejemplo de sus antepasados, que, según es fama, compitieron en alcurnia con Toledo y en cultura con Salamanca?

También tiene hoy la población sus hijos ilustres; pero, por desgracia, cada vez más desvinculados del suelo que acogió su niñez. Desde luego, esta tragedia no es privativa de Baeza, sino que es un mero ejemplo de un fenómeno que se repite en todos y cada uno de los pueblos españoles. Pero ahí ‒como quizá en otras ciudades de Andalucía‒ reviste caracteres más sombríos en cuanto no sólo se trata de las energías juveniles que marchan a las grandes urbes en busca de su palestra de triunfo, sino también de las familias de abolengo, arraigadas en lo más hondo de la tierra natal, las cuales, por circunstancias de distinta índole, han relegado al olvido sus antiguos lares. Era esa aristocracia ‒la de los escudos y los palacios‒ que vertebraba la sociedad, imprimía un sello específico a sus manifestaciones y se convertía ‒por ley de señorío moral‒ en amparo y guía de los humildes y en mecanismo compensador de los desalientos y exaltaciones a que son tan propensos esos climas andaluces. En la actualidad, sólo ciertos baezanos mantienen encendido el fuego de la tradición, con el temor de que un día se aventen sus cenizas y entonces, ya perdido el espíritu de los mayores, los templos y palacios de su ciudad sean tan sólo lo que son en materia: una hilada de bloques de arenisca erosionados por el hombre.

Cuando desde la acrópolis baezana, en los mismos lugares en que antaño se apostaron los vigías para otear los movimientos de sus adversarios, se contempla la magnificencia del valle bético, con sus trigales ondulantes, su cebada ya alimonada y sus ejércitos de olivos, clamorosamente verdes bajo un cielo azul cuyo secreto sólo posee Andalucía, uno se pregunta si de aquella tierra verde y pródiga renacerán las legiones de hombres que desplazando para siempre los espíritus que claman en los palacios de la ciudad, darán a Baeza el lustre de los tiempos pasados. Porque, de modo cierto, la melancolía es incompatible con este paisaje y con estos hombres, y de ellos se puede esperar todo, menos el aniquilamiento en la consunción de la impotencia.

Lo dicho, amigo lector; si usted es un amante de las tradiciones y del arte hispánico, no olvide, como no olvidaron muchos otros, el nombre de Baeza, la roda de Castilla en el sur. Ahora, cuando se celebra el milenario de la formación de Castilla, la visión de la ciudad en la ubérrima vega andaluza es palpar la rápida extensión del Reino, de los ásperos montes cántabros a la vega amable de Al-Andalus.

La Vanguardia Española, Barcelona, 4 de septiembre de 1943.