Camilo José Cela

18 Ago 1959

Baeza está a dos leguas de Úbeda, volviendo otra vez, aunque por camino distinto, hacia poniente. Entre Úbeda y Baeza no hay ningún pueblo. Entre Úbeda y Baeza hay una encina.

Sobre el olivar
se vio a la lechuza
volar y volar.
Campo, campo, campo.
Entre los olivos,
los cortijos blancos.
Y la encina negra,
a medio camino
de Úbeda y Baeza.

En Baeza, allá por los años en que naciera el vagabundo,

-de toda la memoria sólo vale
el don preclaro de evocar los sueños-,

fue profesor de francés don Antonio Machado, que entonces era ya cuarentón y viudo.

Baeza, en su correspondiente cerro —claro es— y a la diestra mano del Guadalquivir, fue plaza fuerte hasta que Isabel la Católica, en uno de los ataques de providencialista vesania a que era tan propensa, mandó tirar abajo sus murallas. El sueño que el rey moro no consiguió realizar con sus huestes, no obstante su poética arenga:

 -moriscos, los mis moriscos,
lo que ganáis mi soldada,
derribéisme ya a Baeza,
esa villa torreada,-

lo vio cumplido, si bien ya en el otro mundo, como resarcimiento y ofrenda póstuma que la reina cristiana le brindara. El vagabundo piensa que la reina arregló el viejo “a burro muerto, cebada al rabo”, incluso con cierto sentido politico, en el nuevo “a rey moro muerto, torres al suelo”. Todas las torres, la verdad sea dicha, no cayeron.

Baeza, aunque más chica que Úbeda, luce también sus arquitecturas. Baeza tiene tres monumentos nacionales —el palacio municipal, obra de Vandelvira, que fue hecho para cárcel; la casa del Pópulo, con su arco de Carnicerías, y la fuente de Santa María, graciosa y pequeñita, que parece la maqueta de un arco de triunfo— y lo mismo podría tener tres más: el seminario de San Felipe Neri, con su fachada de puntas de diamante; la fuente de los Leones y la universidad, por ejemplo, o las casas capitulares de Gil Baile; las ruinas de San Francisco, y la catedral, con sus huellas mudéjares. A Baeza. como a Úbeda, lo más inteligente sería declararlas monumento nacional enteras y verdaderas y tal como están.

El vagabundo, que pensaba haberse llegado a dormir —metiéndose por la carretera de Jaén— a Mancha Real, se da cuenta de que en Baeza se detuvo mucho tiempo —aunque mucho menos, sin duda, del que mereciera— y, cambiando de idea, tira, paso a pasito, por el camino de Garciez, que está más cerca.

Primer viaje andaluz. Notas de un vagabundaje por Jaén, Córdoba, Sevilla Huelva y sus tierras, Barcelona, Noguer, 1959; 1961, 2ª edición, pp. 137-138.