Ángel González

18 ago 1967

PLAZA CON TORREONES Y PALACIOS

Como un estanque sucio,
el tiempo
cubrió con su agua turbia
las palabras,
los discursos,
las frases
cargadas de propósitos sinceros.
Hubo más que palabras,
ciertamente.
Pero ahora
sólo quedan los muros,
impasibles testigos de esa historia
y de otras muchas más,
también pasadas.
El sol
dora los contrafuertes exteriores,
purifica las piedras y los vidrios,
resbala por las cúpulas,
resurge
debajo de los arcos.
Está
vacía la plaza,
crepuscular y clara,
llena de un aire limpio
de voces y de gestos.
Y sin embargo,
cuánta voz gritaría si pudiese,
cuánta sangre
—menos odiosa que esta indiferencia—
mancharía de rojo las paredes.
Respirando aquí el aire de la tarde,
oyendo así el silencio,
y recordando,
la vida es —o parece—
más absurda e irreal,
más insensata.
¿Quién lo diría ayer? Sin duda, entonces,
muchos.
Hoy ya nadie.
Silencio:
un murmullo de hojas
pasa de árbol a árbol
empujado hacia el campo por el viento.

Tratado de urbanismo, Barcelona, El Bardo, 1967.