Desde mi rincón

22 Ago 2011

CXLIII

DESDE MI RINCÓN

ELOGIOS

 

Al libro Castilla, del maestro

«Azorín», con motivos del mismo.

 

Con este libro de melancolía,

toda Castilla a mi rincón me llega;

Castilla la gentil y la bravía,

la parda y la manchega.

¡Castilla, España de los largos ríos

que el mar no ha visto y corre hacia los mares;

Castilla de los páramos sombríos,

Castilla de los negros encinares!

Labriegos transmarinos y pastores

trashumantes —arados y merinos—,

labriegos con talante de señores,

pastores de color de los caminos.

Castilla de grisientos peñascales,

pelados serrijones,

barbechos y trigales,

malezas y cambrones.

Castilla azafranada y polvorienta,

sin montes, de arreboles purpurinos,

Castilla visionaria y soñolienta

de llanuras, viñedos y molinos.

Castilla —hidalgos de semblante enjuto,

rudos jaques y orondos bodegueros—,

Castilla —trajinantes y arrieros

de ojos inquietos, de mirar astuto—,

mendigos rezadores,

y frailes pordioseros,

boteros, tejedores,

arcadores, perailes, chicarreros,

lechuzos y rufianes,

fulleros y truhanes,

caciques y tahúres y logreros.

¡Oh, venta de los montes! —Fuencebada,

Fonfría, Oncala, Manzanal, Robledo—.

¡Mesón de los caminos y posada

de Esquivias, Salas, Almazán, Olmedo!

La ciudad diminuta y la campana

de las monjas que tañe, cristalina…

¡Oh, dueña doñeguil tan de mañana

y amor de Juan Ruiz a doña Endrina!

Las comadres —Gerarda y Celestina—.

Los amantes —Fernando y Dorotea—.

¡Oh casa, oh huerto, oh sala silenciosa!

¡Oh divino vasar en donde posa

sus dulces ojos verdes Melibea!

¡Oh jardín de cipreses y rosales,

donde Calisto ensimismado piensa,

que tornan con las nubes inmortales

las mismas olas de la mar inmensa!

¡Y este hoy que mira a ayer; y este mañana

que nacerá tan viejo!

¡Y esta esperanza vana

de romper el encanto del espejo!

¡Y esta agua amarga de la fuente ignota!

¡Y este filtrar la gran hipocondría

de España siglo a siglo y gota a gota!

¡Y este alma de Azorín… y este alma mía

que está viendo pasar, bajo la frente,

de una España la inmensa galería,

cual pasa del ahogado en la agonía

todo su ayer, vertiginosamente!

Basta, Azorín, yo creo

en el alma sutil de tu Castilla,

y en esa maravilla

de tu hombre triste del balcón, que veo

siempre añorar, la mano en la mejilla.

Contra el gesto del persa, que azotaba

la mar con su cadena;

contra la flecha que el tahúr tiraba

al cielo, creo en la palabra buena.

Desde un pueblo que ayuna y se divierte,

ora y eructa, desde un pueblo impío

que juega al mus, de espaldas a la muerte,

creo en la libertad y en la esperanza,

y en una fe que nace

cuando se busca a Dios y no se alcanza,

y en el Dios que se lleva y que se hace.

 

ENVÍO

 

¡Oh, tú, Azorín, que de la mar de Ulises

viniste al ancho llano

en donde el gran Quijote, el buen Quijano,

soñó con Esplandianes y Amadises;

buen Azorín, por adopción manchego,

que guardas tu alma ibera,

tu corazón de fuego

bajo el recio almidón de tu pechera

—un poco libertario

de cara a la doctrina,

¡admirable Azorín, el reaccionario

por asco de la greña jacobina!—;

pero tranquilo, varonil —la espada

ceñida a la cintura

y con santo rencor acicalada—,

sereno en el umbral de tu aventura!

¡Oh, tú, Azorín, escucha: España quiere

surgir, brotar, toda una España empieza!

¿Y ha de helarse en la España que se muere?

¿Ha de ahogarse en la España que bosteza?

Para salvar la nueva epifanía

hay que acudir, ya es hora,

con el hacha y el fuego al nuevo día.

Oye cantar los gallos de la aurora.

Baeza, 1913.

 

ANTONIO MACHADO

 

Elogios.