“Paseos con Antonio Machado” (1983)

16 Ago 2011

Viaje alrededor de una cabeza

El homenaje ‘Paseos con Antonio Machado’ se celebra hoy en Baeza, tras su prohibición el 20 de febrero de 1966

Por VICENTE MOLINA FOIX

En un país distinto podría haber sido una excursión artística o un rito de devotos. Íbamos, sin embargo, con el convencimiento de asistir a un acto de servicio. Y acabamos gritando entre los olivares las mismas consignas de reivindicación que en el campus, al menos, podía oír el rival y el desinteresado. Yo recuerdo que en febrero de 1966, el mundo inmediato parecía poder descoyuntarse a cualquier hora, y no pocos teníamos la corazonada de una hecatombe próxima (literalmente, el sacrificio se estaba produciendo; para la algarabía aún tendríamos que esperar 25 meses); 1965 había sido un año clave para los estudiantes de mi generación, tan crucial para nosotros como 1956 lo fue para la que hoy nos precede en saber y poder.

El primer trimestre del curso 1965-1966 había dado lugar en Madrid a los más graves sucesos universitarios desde la anterior década, y no es fácil olvidar la desconcertante, y no del todo ingrata, sensación de desafectos que teníamos muchos de los estudiantes que íbamos a Baeza a participar en el homenaje a Antonio Machado.

Se acababa de expulsar ignominiosamente, entre otros, a los dos únicos profesores que en nuestra facultad de Filosofía y Letras atraían y convencían, Agustín García Calvo y Aranguren, y a la mayoría de los que habíamos participado en una masiva y tensa encerrona de protesta en la facultad de Económicas se nos había abierto expediente académico.

Como bastantes otros, yo estaba en febrero de 1966 en situación de exclaustrado de los recintos universitarios madrileños, y por eso, viajar a Baeza parecía no sólo un desafío más a los castigadores, sino la extensión geográfica de un estado de extraterritorialidad política.

Imagino que de aquellas jornadas de Baeza habrá reminiscencias muy distintas, según las circunstancias de cada peregrino Las mías son así. El Club de Amigos de la Unesco fletaba autobuses para acudir al acto, y yo, en compañía del poeta Antonio Martínez Sarrión y de Terenci Moix, que a la sazón vivía una bullente temporada madrileña, viajé en uno de los que, saliendo de Madrid el sábado día 19 por la mañana, permitían pernoctar en Baeza antes del homenaje del domingo.

En el autocar me encontré con varios compañeros de la Complutense, y hubo cantos amortiguados y eslóganes durante el trayecto Sarrión, que en aquellos días era vecino y comensal mío, viajaba poseído por una sensación, supongo que no menos desconcertante: la de ser funcionario público camino de un acto ilegal,

Terenci estaba taciturno, tocado con una hermosa boina; se había rapado la cabeza días antes, en un gesto de amor contrariado que había impresionado hondamente al destinatario de acción tan radical.

Confraternidad

Al llegar, a última hora de la tarde, a Baeza, anduvimos un buen rato por sus bonitas calles, observados, con una mezcla de curiosidad y presentida fatalidad, por los habitantes. Nosotros dormíamos en una pensión local, pero los más pudientes y los maestros estaban en el cercano parador nacional de Úbeda, y allí acabamos yendo después de cenar.

Ese rato de confraternidad en el hermoso palacio restaurado fue para nosotros, sobre todo a la vista de lo que sucedió 12 horas más tarde, lo más emocionante y cálido del viaje. Sastre, Celaya, Moreno Galván, Raimon, por citar sólo algunos de los que entonces eran indiscutibles héroes de una lista civil de escritores y artistas, estaban en Úbeda y, de forma improvisada, se organizó una reunión en uno de los salones del parador, donde se recitaron poemas de ocasión y Raimon interpretó canciones cuyas estrofas todos conocíamos.

Creo que Gil de Biedma, en un bello poema referido a una concentración y personajes diferentes, expresa muy bien lo que sentimos los más jóvenes:

Predominaba un sentimiento de general jubilación.

Abrazos,

inesperadas preguntas de amistad

y la salutación de algún maestro

—borrosamente afín a su retrato

en la Antología de Gerardo Diego—

nos recibieron al entrar.

La mañana del 20, encapotada y gélida, disipó en parte el gozo de la noche anterior —antes de que lo hicieran del todo los porrazos—.Temprano se empezó a formar la comitiva en el centro del pueblo. Estábamos allí los que habíamos llegado —en autobús o en automóvil— el día anterior, ya que la Guardia Civil había acordonado los alrededores de Baeza, y los muchos vehículos que, desde Madrid, desde Alicante, Zaragoza o Bilbao, habían viajado por la noche para estar en el pueblo de mañana eran interceptados. Grupos dispersos de viajeros intentaron, a pie, reunirse con los que nos dirigíamos desde el interior de Baeza al sitio señalado para el homenaje: el camino rural, tras las murallas viejas, donde don Antonio solía pasear.

De hecho, el momento de más intensa participación colectiva de la jornada fue ese recorrido por las estrechas calles de Baeza, del que dan constancia las históricas fotografías que acompañan esta rememoración, fotos que, encontradas recientemente, en un cajón de casa, creo haber tomado yo mismo. Se sabía que la Policía Armada había ocupado posiciones en el lugar del homenaje, y pocas esperanzas había de llegar a ver colocada la cabeza de bronce de Machado, esculpida por Pablo Serrano, que, se corría en voz baja, había viajado a Baeza camuflada en el portamaletas de un coche.

Gritos y carreras

Pese a la diversidad de grupos interiores y exteriores y las dificultades de acceso, se fue formando una marea unitaria, que llegó finalmente a su destino. Un parsimonioso teniente de la Policía Armada mandaba las fuerzas que impidieron el paso y exhortaba a los recalcitrantes a dispersarse.

En el campo abierto, con la muda presencia de los árboles por únicos testigos, los consejos, primero; las secas amenazas, los gritos de rigor y, al fin, las carreras para huir de la carga, cobraron una dimensión irreal y de espanto. Todo podía suceder impunemente en aquel impasible paisaje.

La cabeza de don Antonio nunca apareció; la cabeza de los manifestantes recibió los golpes policiales, y hubo una desbandada. Vi trozos de pancarta en los bancales, y hasta un par de paraguas dejados en la carrera.

En el viaje de vuelta se cantó mucho menos. Algunos aún guardamos la postal con el dibujo que hizo Miró para anunciar el acto.

El País, Madrid, 10 de abril de 1983.

NOTICIA DE UN HOMENAJE

(Baeza, febrero de 1966- abril de 1983) por ANTONIO CHICHARRO

Hoy, 10 de abril de 1983, se va a celebrar en Baeza un viejo homenaje a don Antonio Machado, inicialmente previsto para el día 20 de febrero de 1966, homenaje que ha levantado alguna polémica, debido a los distintos puntos de vista existentes sobre la oportunidad o inoportunidad de su celebración y sobre el momento y modo de su definitiva realización. No es mi deseo en esta ocasión entrar en polémica, por lo que no voy a pronunciarme sobre aspectos de detalle, ciertamente significativos. Ahora bien, esto no impide que reconozca aquí y ahora un principio fundamental: el homenaje tenía que volver a celebrarse en alguna ocasión, porque hay sobradas razones para ello. La razón más sobresaliente es que, fuera de revanchas, existe una deuda pendiente tanto con la memoria de Antonio Machado como con una significativa parte del pueblo español. Pero, como he dicho, no es mi intención detenerme en aspectos de detalle de nuestro presente inmediato, sino, por el contrario, avivar el rescoldo de nuestra memoria histórica y depositar mi atención en lo que ocurrió en aquella fecha de 1966, así como extraer algunas reflexiones sobre el sentido del homenaje frustrado. Volvamos, pues, nuestra mirada a aquella mañana de febrero, de la que por cierto fui un testigo más.

El homenaje en cuestión era uno más de la serie “Paseos con Antonio Machado”, serie de homenajes organizada por una comisión de personalidades del mundo de la cultura española vinculadas con la oposición democrática al régimen político de aquellos años (Machado, no hay que insistir mucho en ello, se había convertido a lo largo de la postguerra, en un poeta-símbolo para la sociedad española y, por tanto, en un objeto de disputa para las distintas tendencias ideológicas existentes; de ahí que coexistieran en más de una ocasión dos tipos de homenajes, uno de base oficialista y otro de base democrática, en última instancia igualmente políticos, tal era la situación histórica, tal era la sobredeterminación política que todo lo calaba). El hecho de que se eligiera Baeza como sede de uno de aquellos homenajes apenas si necesita comentario: Machado había vivido en dicho rincón andaluz de 1912 a 1919, ciudad a la que había llegado a los pocos meses de quedar viudo, llegada que se produjo, más que por una meditada decisión, por una necesidad lógica de abandonar las tierras castellanas tras el fatal desenlace. Sin embargo, y pese al carácter casual de aquel nuevo destino y pese a su inicial visión negativa del “poblachón” andaluz y de sus gentes, los años machadianos de Baeza constituyeron una de las etapas más productivas de don Antonio, cuantitativa y cualitativamente hablando. Por esta razón, Baeza es un lugar machadiano por excelencia que, con buen criterio, la comisión organizadora no olvidó. Así, lo expone Cesáreo Rodríguez-Aguilera en su libro Antonio Machado en Baeza (Barcelona, A. P. Editor, 1967):

‘Paseos con Antonio Machado’ se tituló el homenaje a celebrar en Baeza el día 20 de febrero de 1966. Se trata —dice la hoja de la convocatoria— de pasear con Antonio Machado —con su recuerdo vivo— por el mismo camino que, en sus años de Baeza, hacía casi a diario, tras las murallas viejas. De llegar con él —con su recuerdo vivo— hasta el punto en el que, acaso, se sentaba a contemplar, meditando, la tarde piadosa, cárdena y violeta, sobre el ancho paisaje. Y paseando con él —con su recuerdo vivo— en torno a Baeza, se trata, también, de acompañarlo en todos los pasos de su clara vida.

Este homenaje, en el que se iban a colocar algunas placas en distintos lugares machadianos de la ciudad y un busto en un estratégico lugar del Paseo de las Murallas y en el que, lógicamente, se iban a recitar algunos poemas de don Antonio, no pudo llevarse a cabo por prohibición gubernativa de última hora, tan de última hora que la interesante base monumental, proyectada por el arquitecto Fernando Ramón, ya había sido construida y se encontraba dispuesta para recibir el magnífico busto esculpido por Pablo Serrano. La reacción oficial previa al homenaje tuvo distintas fases, sobresaliendo en un primer momento la subrepticia suspensión y la prohibición directa y violenta finalmente. Digo subrepticia suspensión, porque en los días anteriores al acto había aparecido en la prensa una supuesta nota de la comisión organizadora aplazando el homenaje por razones climatológicas, tal como expone A. Puig en el exordio del libro citado:

Si bien en Barcelona pudieron realizarse tal como estaban proyectados estos actos, no ocurrió lo mismo con el Homenaje en Baeza. En los días inmediatos a la fecha señalada se suscitaron problemas, discusiones, órdenes contradictorias que provocaron el desconcierto, tales como una nota aparecida en la prensa —que ciertamente no provenía de la Comisión Organizadora— anunciando la suspensión de los actos por razones climatológicas. Pero la organización, que no detuvo su marcha, pues no hubo suspensión oficial, hasta la misma mañana del día señalado, había logrado congregar a muchos asistentes que se reunieron en Baeza. Se calcularon unos mil los que intentaron llegar hasta el lugar donde debía colocarse el busto de Machado en el bloque de cemento ya construido. Ni tan sólo aquel acto silencioso de la presencia de los que habían acudido a la convocatoria fue permitido, y todo acabó lamentablemente en un ambiente tenso y áspero.

Efectivamente, Baeza se fue llenando desde la tarde y noche del sábado 19 tanto de madrugadores asistentes al acto como de policía. A la mañana siguiente y pese a los controles de los accesos a la ciudad, un numeroso público iba y venía por las monumentales plazas de Baeza, esperando la tensa hora del comienzo del homenaje. La base monumental, un bloque de cemento abierto en sus caras, como he dicho, estaba preparada para recibir la pieza escultórica de Pablo Serrano, pieza que desde entonces ha sufrido un curioso exilio interior. A la hora del comienzo del homenaje, un inmenso público se agolpaba en los alrededores de dicho monumento. La policía apenas si esperó el tiempo necesario para desalojar sin violencia física al numeroso grupo de asistentes y cargó contra ellos. Hubo carreras, golpes y detenciones, o sea, los efectos propios de una brutal represión.

De este día nos ha quedado noticia poética —bien sabemos cómo la literatura hubo de cumplir en más de una ocasión una función subsidiaria, informativa en este caso, durante estos años, dada la situación de las libertades en nuestro país— a través de un poema de Gabriel Celaya, asistente al acto y miembro de la Comisión de Honor del Homenaje, que publicó al año siguiente, 1967, en su libro Lo que faltaba y que tituló expresivamente “20-2-66” (en el mismo libro había publicado otro poema, “Versos de Baeza”, en el que el tema central es la unión que provoca la figura de Antonio Machado). Leamos el poema:

En la mitad de la calle, ya no queda nadie.

Son los Guardias de la Porra quienes la limpian y barren.

Todo el mundo se esconde en los portales,

y yo, como soy tonto, les pregunto: ¿Qué pasa?

Dos amigos me cogen de golpe por la solapa,

me meten en un rincón, a empujones, y mal,

y me explican cosas raras en voz baja.

Es difícil de entender, porque no hablan en inglés,

y aunque citan a Machado, no emite la BBC.

Es difícil de aceptar, escondido en un portal,

que otros aguanten lo malo de la vergüenza mortal

mientras algunos, cobardes, nos tratamos de salvar

de los palos arbitrarios y el diluvio general.

 Pese a todo, no se logró arrancar de la memoria de los organizadores la futura celebración del acto. Ya en 1967, en el libro antes mencionado de Rodríguez-Aguilera, éste escribió: “El homenaje fue suspendido. Los organizadores nos hemos prometido que tenga lugar cuando sea posible, en la forma proyectada”. Así, según parece, se va a realizar.

Ahora bien, como resulta obvio, no podemos perder de vista que, aunque el homenaje de hoy se ajuste al programado para 1966, las diferencias entre éste y aquel momento histórico son tan importantes que de alguna manera se nos va a escapar de las manos a un sector de los asistentes el sentido último de dicho homenaje. De ahí que la repetición del homenaje, como ya he dicho, perfectamente legítima, pueda haber generado diversas reacciones.

Para comprender el sentido último del homenaje frustrado de 1966 (esta prohibición violenta alcanzó, pese a todo, un notable eco entonces y, es de suponer, unos efectos contrarios a los perseguidos por la prohibición en sí), no hemos de perder de vista que la sociedad española atravesaba un momento crítico, un momento de acelerada evolución en todos sus frentes, salvo en el aparato político del Estado a pesar de algunas medidas legislativas de todos conocidas. Este momento crítico está alcanzando por entonces a lo que se ha dado en llamar la “cultura de la resistencia”, modelo de actuación cultural y política que fue inicialmente “respuesta” a la penetración directa del aparato político del régimen en todos los órdenes de la vida social y, consecuentemente, en el cultural. Pues bien, este modelo cultural, auspiciado por muchos de los asistentes a aquel homenaje —la prohibición gubernativa del acto muestra por sí misma esta realidad— y sometido a los vaivenes del posibilismo y de la urgencia política, comienza a dejar de tener la eficacia que en los años cincuenta había demostrado poseer y en este sentido empieza a ser cuestionado por sus propios productores. Por tanto, cabe suponer, lo que se pretendía reconocer en Machado entonces no era un Machado símbolo civil y símbolo de un quehacer literario, o al menos no lo era como en los años anteriores, ya que la ideología estética que había hecho suyo a Antonio Machado (como a Miguel de Unamuno) estaba entrando en una crisis ciertamente irreparable. El Machado que se invoca en aquel momento es más el Machado símbolo civil que el Machado poeta, o ambos al mismo tiempo pero desde posiciones bastante menos nítidas que las sustentadas hasta entonces: el momento era fecundamente contradictorio.

Tras esta apresurada recuperación de nuestra memoria histórica, sólo cabe preguntarse: ¿Qué homenajeamos hoy en Antonio Machado?

Ideal, Granada, 10 de abril de 1983. Reproducido en Antonio Chicharro (ed.), Antonio Machado y Baeza a través de la crítica, Baeza, Universidad Internacional de Andalucía, 20093.

5.000 personas asistieron en Baeza al homenaje a Machado que no pudo celebrarse en 1966

Se colocó un busto del poeta, obra de Pablo Serrano

EDUARDO CASTRO, – Granada – 11/04/1983

El homenaje Paseos con Antonio Machado, que no pudo celebrarse el 20 de febrero de 1966, en la ciudad de Baeza (Jaén), por la prohibición y la represión del acto ordenada por la Administración franquista de la época, tuvo ayer su culminación en el mismo escenario donde entonces estaba previsto, con el mismo programa y casi los mismos protagonistas. Ante cerca de 5.000 personas se descubrieron las placas anunciadas, se colocó el busto del poeta -obra del escultor Pablo Serrano- junto a las murallas de la ciudad y se inauguró, por fin, el paseo de Antonio Machado.

El fiscal Jesús Vicente Chamorro leyó unos folios, en nombre de la comisión organizadora y Rafael Alberti y Francisco Rabal recitaron poemas, ante los varios miles de personas que acudieron a testificar el acontecimiento.”Yo, en el 66, estaba en Francia, y me acuerdo que lo de aquí salió en los periódicos y nos hizo reunirnos a los paisanos emigrantes a discutir el tema”, comentaba ayer un trabajador cincuentón en los porches de la hermosa plaza monumental baezana, poco antes del mediodía, que era la hora imprecisa fijada para el inicio del homenaje. “Pues yo estaba entonces a punto de irme a la mili”, le respondió un compañero de corrillo, “y recuerdo que se dieron más palos que en la recogida de la aceituna”.

Ayer, sin embargo, los únicos palos que hubo en Baeza fueron los que sostenían las pancartas desplegadas ante el monumento y los que varios buenos aficionados al flamenco cantaron luego en alguna taberna de la vecina ciudad de Úbeda para celebrar el final feliz que hace 17 años había impedido la desproporcionada violencia policial con que se reprimió, en efecto, la humorísticamente bautizada por los baezanos como revolución de los apóstoles, por la abundancia de barbudos llegados entre los varios cientos de visitantes que aquel 20 de febrero pudieron entrar en la ciudad, a pesar del bloqueo realizado por la Guardia Civil en todas las carreteras de acceso.

Hubo también, córno no, palos dialécticos. No faltaron, por ejemplo, quejas a la organización: “Ha sido un acto poco lucido para lo que Machado se merece”, se oyó decir a más de uno, mientras la mayoría de los asistentes se esforzaban por oír algo. “Esto se tenía que haber preparado con más tiempo”, fue una de las quejas más extendidas entre los presentes.

Pero fueron mayores las críticas a los ausentes: “No ha venido ningún representante de la Junta de Andalucía, y no el presidente Escuredo, sino ni siquiera de la consejería de Cultura”. Y abundaron, sobre todo, las de carácter político: “Ni siquiera ha venido el ministro de Cultura, que sí estuvo en el 66 cuando sólo era un estudiante Aquí sólo están hoy los de siempre, los comunistas”, comentó un conocido poeta granadino señalando al diputado Felipe Alcaraz.

“Yo, personalmente, he notado la ausencia de don Manuel Fraga y de Alfonso Guerra”, declaró por su parte a EL PAIS, con ruego expreso de publicación, el más visible de los responsables de la organización del acto, Jesús Chamorro.

Un nuevo florecer

“En esta nueva España que anuncia los rayos de una posible aurora, dejamos aquí nuestro recuerdo y enarbolamos nuestra esperanza”, dijo Chamorro, durante su discurso inaugural del monumento. “Dejamos estas piedras, que son ámbito y farol luciente”, añadió el fiscal, refiriéndose al busto esculpido por su amigo Pa bio Serrano y durante dos lustro guardado en su casa de Madrid “Dejamos un recuerdo en este paseo, que es un punto en nuestra historia de españoles. Aquí el maestro un día soñaba un nuevo florecer de España”.Bajo el título de Paseos con Antonio Machado en Baeza, el homenaje comenzó a las 12.00 horas -por una vez en tierras andaluzas, el mediodía no fue a la una, lo que hizo llegar tarde a no poca gente-, con el descubrimiento de una placa de bronce en la fachada de la casa donde vivió el poeta. Seguidamente, se descubrió otra placa en el aula del Instituto donde Machado enseñó lengua francesa, un antiguo palacio monumental situado frente a la magnífica catedral baezana.

Comenzó después el primer Paseo con Machado, con el descubrimiento de una nueva placa, de bronce como las anteriores, al principio del Paseo propiamente dicho, que rodea el casco antiguo de la ciudad por la parte exterior de sus antiguas murallas medievales y que quedó bautizado con “el justificado nombre de Paseo de Antonio Machado”. Una vez llegados al monumento, la comisión organizadora entregó el mismo al pueblo de Baeza, donde por fin había sido colocado, después de 17 años y presumiblemente para siempre, frente al campo, campo campo cantado en los versos del poeta, el “recuerdo en bronce de su cabeza viva”.

Y allí, en el pequeño auditorio al aire libre realizado junto al monumento escultórico de Serrano, proyectado en su día por Fernando Ramón, también miembro de. la comisión, como un “anfiteatro de poesía donde se oiga la voz de hondo poeta verdadero” que fue Machado, recordó Jesús Chamorro algunas de las vicisitudes sufridas para la culminación del homenaje.

Alma limpia y valiente

“Hoy se cumple el propósito que hace 17 años fue repelido violentamente por las fuerzas del orden al servicio del Gobierno de aquel tiempo”, dijo el fiscal en nombre de los organizadores, cuyas ausencias más notables fueron las de José Manuel Caballero Bonald y Aurora de Albornoz. “Españoles y no españoles”, afirmó, “habían acordado rendir un homenaje de gratitud a la obra y al comportamiento ciudadano de don Antonio Machado. El propósito fue tenido por subversivo, y sin duda lo era, porque exaltaba la cultura y la conducta de un hombre de alma limpia y valiente”.”Hoy ya es posible”, añadió, “realizar aquel deseo. Más aún, es inaplazable, porque felizmente es otra la España que vivimos. El poder no se manifiesta de man era agria y represiva. Aires de libertad han sustituido al sonido de silbatos y tambores anunciando el ataque”.

Chamorro recordó algunos “preclaros españoles” que adhirieron su nombre a la organización del homenaje en 1966 y ya han desaparecido, para pasar a referirse a la “nueva generación de españoles que hoy, en lugar de ser perseguidos por intervenir en un acto de cultura, la propicia y ordenan y auxilian y enaltecen”.

No obstante, los cambios producidos desde 1966 hasta ayer no alteran, según el organizador, “el sentir profundo del homenaje que quisimos rendir y que hoy rendimos, pues don Antonio Machado está por encima de las contingencias, de las de antes y de las de ahora, aunque nunca estuvo fuera de la historia”.

Como ciudadano, dio Machado “prueba de arraigo y compromiso con el destino y con los intereses populares, puso su vida en el tablero y fue un soldado -un miliciano- en la lucha por nuestra libertad, por nuestra dignidad de hombres libres. Murió en el exilio”, concluyó Chamorro, “pero vive -debe vivir- entre nosotros”.

“Ahora ya”, dijo, por su parte, Rafael Alberti, tras leer un poema propio, “don Antonio, asomado a su mirador, sobre este ancho y maravilloso paisaje de luz de Baeza, ahora verá desde aquí para siempre lo que él cantó en un lejano día de 1917, cuando era un pobre y triste profesor de instituto”. Tras la lectura de varios poemas del homenajeado, por parte de Alberti y Francisco Rabal, se dio por finalizado el acto, no sin que muchos de los presentes cantaran antes de disolverse el himno de Andalucía.

La comisión organizadora de este homenaje ha estado integrada por Aurora de Albornoz, Valeriano Bozal, José, Manuel Caballero Bonald, Enrique del Castillo, Fernando Ramón, Pablo Serrano y Jesús Vicente Chamorro.

El País, 11 de abril de 1983

Fotografías, de Alberto Granados, del Homenaje del 10 de abril de 1983 que se rindió en Baeza a Antonio Machado. En las mismas, se observa a los asistentes en el Patio del Instituto “Santísima Trinidad”, donde fuera profesor Machado (foto 1) y en el Paseo de las Murallas, renombrado como Paseo de Antonio Machado, junto al Monumento dedicado al poeta (fotos restantes).

(fuente: http://albertogranados.wordpress.com/2010/04/08/baeza/)