Poema de un día

22 Ago 2011

CXXVIII

POEMA DE UN DÍA. MEDITACIONES RURALES

Heme aquí ya, profesor

de lenguas vivas (ayer

maestro de gay-saber,

aprendiz de ruiseñor),

en un pueblo húmedo y frío,

destartalado y sombrío,

entre andaluz y manchego.

Invierno. Cerca del fuego.

Fuera llueve un agua fina,

que ora se trueca en neblina,

ora se torna aguanieve.

Fantástico labrador,

pienso en los campos.¡Señor

qué bien haces!  Llueve, llueve

tu agua constante y menuda

sobre alcaceles y habares,

tu agua muda,

en viñedos y olivares.

Te bendecirán conmigo

los sembradores del trigo;

los que viven de coger

la aceituna;

los que esperan la fortuna

de comer;

los que hogaño,

como antaño,

tienen toda su moneda

en la rueda,

traidora rueda del año.

¡Llueve, llueve; tu neblina

que se torne en aguanieve,

y otra vez en agua fina!

¡Llueve, Señor, llueve, llueve!

En mi estancia, iluminada

por esta luz invernal

—la tarde gris tamizada

por la lluvia y el cristal—,

sueño y medito.

Clarea

el reloj arrinconado,

y su tic-tic, olvidado

por repetido, golpea.

Tic-tic, tic-tic… Ya te he oído.

Tic-tic, tic-tic… Siempre igual,

monótono y aburrido.

Tic-tic, tic-tic, el latido

de un corazón de metal.

En estos pueblos, ¿se escucha

el latir del tiempo?  No.

En estos pueblos se lucha

sin tregua con el reló,

con esa monotonía

que mide un tiempo vacío.

Pero ¿tu hora es la mía?

¿Tu tiempo, reloj, el mío?

(Tic-tic, tic-tic…) Era un día

(Tic-tic, tic-tic) que pasó,

y lo que yo más quería

la muerte se lo llevó.

Lejos suena un clamoreo

de campanas…

Arrecia el repiqueteo

de la lluvia en las ventanas.

Fantástico labrador,

vuelvo a mis campos. ¡Señor,

cuánto te bendecirán

los sembradores del pan!

Señor, ¿no es tu lluvia ley,

en los campos que ara el buey,

y en los palacios del rey?

¡Oh, agua buena, deja vida

en tu huida!

¡Oh, tú, que vas gota a gota,

fuente a fuente y río a río,

como este tiempo de hastío

corriendo a la mar remota,

en cuanto quiere nacer,

cuanto espera

florecer

al sol de la primavera,

sé piadosa,

que mañana

serás espiga temprana,

prado verde, carne rosa,

y más: razón y locura

y amargura

de querer y no poder

creer, creer y creer!

Anochece;

el hilo de la bombilla

se enrojece,

luego brilla,

resplandece

poco más que una cerilla.

Dios sabe dónde andarán

mis gafas… entre librotes

revistas y papelotes,

¿quién las encuentra?… Aquí están.

Libros nuevos. Abro uno

de Unamuno.

¡Oh, el dilecto,

predilecto

de esta España que se agita,

porque nace o resucita!

Siempre te ha sido, ¡oh Rector

de Salamanca!, leal

este humilde profesor

de un instituto rural.

Esa tu filosofía

que llamas diletantesca,

voltaria y funambulesca,

gran don Miguel, es la mía.

Agua del buen manantial,

siempre viva,

fugitiva;

poesía, cosa cordial.

¿Constructora?

—No hay cimiento

ni en el alma ni en el viento—.

Bogadora,

marinera,

hacia la mar sin ribera.

Enrique Bergson: Los datos

inmediatos

de la conciencia. ¿Esto es

otro embeleco francés?

Este Bergson es un tuno;

¿verdad, maestro Unamuno?

Bergson no da como aquel

Immanuel

el volatín inmortal;

este endiablado judío

ha hallado el libre albedrío

dentro de su mechinal.

No está mal;

cada sabio, su problema,

y cada loco, su tema.

Algo importa

que en la vida mala y corta

que llevamos

libres o siervos seamos:

mas, si vamos

a la mar,

lo mismo nos ha de dar.

¡Oh, estos pueblos!  Reflexiones,

lecturas y acotaciones

pronto dan en lo que son:

bostezos de Salomón.

¿Todo es

soledad de soledades.

vanidad de vanidades,

que dijo el Eclesiastés?

Mi paraguas, mi sombrero,

mi gabán…El aguacero

amaina…Vámonos, pues.

Es de noche. Se platica

al fondo de una botica.

—Yo no sé,

don José,

cómo son los liberales

tan perros, tan inmorales.

—¡Oh, tranquilícese usté!

Pasados los carnavales,

vendrán los conservadores,

buenos administradores

de su casa.

Todo llega y todo pasa.

Nada eterno:

ni gobierno

que perdure,

ni mal que cien años dure.

—Tras estos tiempos vendrán

otros tiempos y otros y otros,

y lo mismo que nosotros

otros se jorobarán.

Así es la vida, don Juan.

—Es verdad, así es la vida.

—La cebada está crecida.

—Con estas lluvias…

Y van

las habas que es un primor.

—Cierto; para marzo, en flor.

Pero la escarcha, los hielos…

—Y, además, los olivares

están pidiendo a los cielos

aguas a torrentes.

—A mares.

¡Las fatigas, los sudores

que pasan los labradores!

En otro tiempo…

Llovía

también cuando Dios quería.

—Hasta mañana, señores.

Tic-tic, tic-tic… Ya pasó

un día como otro día,

dice la monotonía

del reloj.

Sobre mi mesa Los datos

de la conciencia, inmediatos.

No está mal

este yo fundamental,

contingente y libre, a ratos,

creativo, original;

este yo que vive y siente

dentro la carne mortal

¡ay! por saltar impaciente

las bardas de su corral.

Baeza, 1913

 

ANTONIO MACHADO

 

Campos de Castilla (versión de 1917).