Antonio Machado y la tertulia de la rebotica de Almazán

ANTONIO MACHADO Y LA TERTULIA DE LA REBOTICA DE ALMAZÁN

por DÁMASO CHICHARRO

Asistía por las tardes a las tertulias que se mantenían en la rebotica del farmacéutico Adolfo Almazán, profesor de gimnasia del instituto; otras veces permanecía observando entristecido el caer de la lluvia a través de las vidrieras del Café “La perla”, pues no quería contacto, ausente, sin hablar demasiado con nadie. Sólo muy de vez en cuando, si algún contertulio, como don Cristóbal Torres, lo sacaba de sus casillas, acababa por excitarse e incluso amenazarlo con hacerle “el salto del tigre”, pero esto era lo menos frecuente. Este Cristóbal Torres fue un personaje singular, como dice Escolano, “atrabiliario y obcecado, que exponía en la tertulia falsas encuestas, atribuyéndolas a imaginarias revistas, sempiterno discutidor, letrado sin prestigio”, que mereció no obstante el honor de que Machado le dedicara su poema “Olivo del camino”, uno de los mejores de su no tan escasa producción. A esta tertulia asistía también el profesor de dibujo, don Florentino Soria, con el que Machado paseaba durante horas también sin intercambiar palabra, o el catedrático de geografía, don Mariano Ferrer, con quien se sentaba muchas veces en al casino de los artesanos. Además, acudía a la tertulia don José León, alcalde cuando gobernaban los conservadores, el médico Juan Martínez Poyatos, el concejal Manuel Olivera, el director, Leopoldo de Urquía, otro abogado, Emilio Fernández del Rincón, el notario Pedro Gutiérrez Peña, evocado con toda probabilidad en el poema “Hacia tierra baja”, así como el registrador, don Miguel Silvestre, y el secretario del instituto, don Antonio Parra, fedatario de su toma de posesión, entonces un acto formal de singular rigor y siempre recordado; algo así como la alternativa taurina.

Machado en ese primer curso (1912-1913) poco tiene que hacer: está ausente incluso en la tertulia, donde se entretenía dibujando en los naipes, en las barajas usadas que los bares de la ciudad facilitaban al boticario para recoger con las cartas las pomadas de los almireces. Cuando se improvisaba alguna partida, las barajas estaban completas y dispuestas, gracias a los dibujitos que Machado iba plasmando. El hecho evidente es que en estos primeros momentos Machado pasó desapercibido en su valía como persona y como poeta. El pueblo llano, que lo conocía sobradamente, pues en Baeza se conoce todo el mundo, sólo apreciaba de él su amabilidad y, cuando se ponía algo raro, cuentan sus alumnos, se marchaba andando por la carretera de Úbeda a tomar café o a “comprar cerillas”. En principio Baeza no lo quiso o supo entender. Pero él sí evolucionó coherentemente respecto a la ciudad, a su entorno y a su paisaje humano, yendo desde la incomprensión y despegó iniciales, que manifiesta en su “Poema de un día. Meditaciones rurales”, a una identificación con la circunstancia humana y el medio. Este famoso poema es el que comienza

Heme aquí ya, profesor

de lenguas vivas (ayer

maestro de gay-saber,

aprendiz de ruiseñor),

en un pueblo húmedo y frío,

destartalado y sombrío,

entre andaluz y manchego.

 

En él evoca perfectamente esa etapa inicial, incluso citando a los contertulios de la rebotica de Almazán:

 

Mi paraguas, mi sombrero,

mi gabán…El aguacero

amaina…Vámonos, pues.

Es de noche. Se platica

al fondo de una botica.

—Yo no sé,

don José,

cómo son los liberales

tan perros, tan inmorales.

—¡Oh, tranquilícese usté!

Pasados los carnavales,

vendrán los conservadores,

buenos administradores

de su casa.

Todo llega y todo pasa.

Nada eterno:

ni gobierno

que perdure,

ni mal que cien años dure.

—Tras estos tiempos vendrán

otros tiempos y otros y otros,

y lo mismo que nosotros

otros se jorobarán.

Así es la vida, don Juan.

—Es verdad, así es la vida.

—La cebada está crecida.

—Con estas lluvias…

Y van

las habas que es un primor.

—Cierto; para marzo, en flor.

Pero la escarcha, los hielos…

—Y, además, los olivares

están pidiendo a los cielos

aguas a torrentes.

—A mares.

¡Las fatigas, los sudores

que pasan los labradores!

En otro tiempo…

Llovía

también cuando Dios quería.

—Hasta mañana, señores.

Pero estos primeros poemas son de rechazo al medio en que vive, entre otras razones porque todavía está muy reciente el recuerdo de Soria y de Leonor. Machado no parece desear más que le respeten y le dejen bien anclado en su soledad, tal como refleja este poema “Caminos”:

 

De la ciudad moruna

tras las murallas viejas

yo contemplo la tarde silenciosa

a solas con mi sombra y con mi pena.

Aquí puede acceder al artículo de Fernando Paredes Salido, “Don Antonio Machado, las tertulias baezanas de rebotica”