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Recuerdos

CXVI

Recuerdos

 

Oh Soria, cuando miro los frescos naranjales

cargados de perfume, y el campo enverdecido,

abiertos los jazmines, maduros los trigales,

azules las montañas y el olivar florido;

Guadalquivir corriendo al mar entre vergeles;

y al sol de abril los huertos colmados de azucenas,

y los enjambres de oro, para libar sus mieles

dispersos en los campos, huir de sus colmenas;

yo sé la encina roja crujiendo en tus hogares,

barriendo el cierzo helado tu campo empedernido;

y en sierras agrias sueño ?¡Urbión, sobre pinares!

¡Moncayo blanco, al cielo aragonés, erguido!?

 

Y pienso: Primavera, como un escalofrío

irá a cruzar el alto solar del romancero,

ya verdearán de chopos las márgenes del río.

 

¿Dará sus verdes hojas el olmo aquel del Duero?

 

Tendrán los campanarios de Soria sus cigüeñas,

y la roqueda parda más de un zarzal en flor;

ya los rebaños blancos, por entre grises peñas,

hacia los altos prados conducirá el pastor.

 

¡Oh, en el azul, vosotras, viajeras golondrinas

que vais al joven Duero, rebaños de merinos,

con rumbo hacia las altas praderas numantinas,

por las cañadas hondas y al sol de los caminos

hayedos y pinares que cruza el ágil ciervo,

montañas, serrijones, lomazos, parameras,

en donde reina el águila, por donde busca el cuervo

su infecto expoliario; menudas sementeras

cual sayos cenicientos, casetas y majadas

entre desnuda roca, arroyos y hontanares

donde a la tarde beben las yuntas fatigadas,

dispersos huertecillos, humildes abejares!…

 

¡Adiós, tierra de Soria; adiós el alto llano

cercado de colinas y crestas militares,

alcores y roquedas del yermo castellano,

fantasmas de robledos y sombras de encinares!

 

En la desesperanza y en la melancolía

de tu recuerdo, Soria, mi corazón se abreva.

 

Tierra de alma, toda, hacia la tierra mía,

por los floridos valles, mi corazón te lleva.

Campos de Castilla (versión de 1917).

Al maestro Azorín

CXVII

AL MAESTRO “AZORÍN” POR SU LIBRO CASTILLA

 

La venta de Cidones está en la carretera

que va de Soria a Burgos. Leonarda, la ventera,

que llaman la Ruipérez, es una viejecita

que aviva el fuego donde borbolla la marmita.

 

Ruipérez, el ventero, un viejo diminuto

—bajo las cejas grises, dos ojos de hombre astuto—,

contempla silencioso la lumbre del hogar.

 

Se oye la marmita al fuego borbollar.

 

Sentado ante una mesa de pino, un caballero

escribe. Cuando moja la pluma en el tintero,

dos ojos tristes lucen en un semblante enjuto.

 

El caballero es joven, vestido va de luto.

 

El viento frío azota los chopos del camino.

Se ve pasar de polvo un blanco remolino.

 

La tarde se va haciendo sombría. El enlutado,

la mano en la mejilla, medita ensimismado.

 

Cuando el correo llegue, que el caballero aguarda,

la tarde habrá caído sobre la tierra parda

de Soria. Todavía los grises serrijones,

con ruina de encinares y mellas de aluviones,

las lomas azuladas, las agrias barranqueras,

picotas y colinas, ribazos y laderas

del páramo sombrío por donde cruza el Duero,

darán al sol de ocaso su resplandor de acero.

 

La venta se oscurece. El rojo lar humea.

La mecha de un mohoso candil arde y chispea.

 

El enlutado tiene clavado en el fuego

los ojos largo rato; se los enjuga luego

con un pañuelo blanco. ¿Por qué le hará llorar

el son de la marmita, el ascua del hogar?

 

Cerró la noche. Lejos se escucha el traqueteo

y el galopar de un coche que avanza. Es el correo.

 

Campos de Castilla (versión de 1919).

Caminos

CXVIII

Caminos

 

De la ciudad moruna

tras las murallas viejas,

yo contemplo la tarde silenciosa,

a solas con mi sombra y con mi pena.

 

El río va corriendo,

entre sombrías huertas

y grises olivares,

por los alegres campos de Baeza

 

Tienen las vides pámpanos dorados

sobre las rojas cepas.

Guadalquivir, como un alfanje roto

y disperso, reluce y espejea.

 

Lejos, los montes duermen

envueltos en la niebla,

niebla de otoño, maternal; descansan

las rudas moles de su ser de piedra

en esta tibia tarde de noviembre,

tarde piadosa, cárdena y violeta.

 

El viento ha sacudido

los mustios olmos de la carretera,

levantando en rosados torbellinos

el polvo de la tierra.

La luna está subiendo

amoratada, jadeante y llena.

 

Los caminitos blancos

se cruzan y se alejan,

buscando los dispersos caseríos

del valle y de la sierra.

Caminos de los campos…

¡Ay, ya, no puedo caminar con ella!

 

ANTONIO MACHADO

 

Campos de Castilla (versión de 1917).

Señor, ya me arrancaste

CXIX

 

Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería.

Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.

Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.

Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.

 

ANTONIO MACHADO

 

Campos de Castilla (versión de 1917).