Viajes y excursiones de Machado desde Baeza

A partir de 1912 y durante los siete años de su estancia en Baeza, Antonio Machado viaja con frecuencia a Madrid, donde reside su familia, donde cuenta con amigos del mundo de las letras y donde colabora con importantes publicaciones periódicas, entre otras actividades como su participación en la Liga de Educación Política Española, además de por tener que examinarse en la Universidad de Madrid como alumno libre de estudios de la licenciatura en Filosofía y Letras y, posteriormente, del doctorado, lo que ocurre entre 1915 y 1919, meses antes de producirse su traslado al Instituto de Segovia.

Durante estos años también va con frecuencia a Úbeda ‒véanse las fotografías 1-6‒, algunas de estas veces a pie, ciudad muy cercana a Baeza. En todo caso y como reconoce el propio poeta en “Vida” ‒se reproduce más abajo‒, un texto que acompañaba a su “Poética” incluida en la famosa antología de Gerardo Diego Poesía Española. Antología 1915-1931 (Madrid, Signo, 1932), donde en realidad traza un perfil viajero de su vida hasta ese momento, lo que resalta es su excursión a las fuentes del Guadalquivir ‒esta excursión tuvo lugar en 1915 y fue acompañado por su hermano Manuel, algunos amigos de Baeza y su alumno de Peal de Becerro Rafael Laínez Alcalá (véase la galería fotográfica que ilustra el nacimiento, curso y desembocadura del río)‒ y el haber viajado desde su baezano lugar de residencia a casi todas las ciudades de Andalucía, sobresaliendo sus viajes a las de la Baja Andalucía, entre otros viajes como el que hiciera a Toledo. Constan así sus viajes por razones familiares al Puerto de Santa María en 1916 y a Sanlúcar de Barrameda en 1917, donde verá la desembocadura del río Guadalquivir, así como el desplazamiento a su Sevilla natal, ciudad que abandonara siendo un niño de ocho años.

De este perfil viajero quedan memorables poemas suyos donde el río Guadalquivir alcanza un alto protagonismo simbólico y una gran densidad de significación, además de ir apareciendo salpicados en no pocos de ellos los nombres de pueblos y ciudades, muchos de ellos de la provincia de Jaén, que el poeta ha visto y recorrido y que convierte en materia de sus versos.

Textos de Antonio Machado

VIDA

De Madrid a París a los veinticuatro años (1899). París era todavía la ciudad del affaire Dreyfus en política, del simbolismo en poesía, del impresionismo en pintura, del escepticismo elegante en crítica. Conocí personalmente a Oscar Wilde y a Jean Moréas. La gran figura literaria, el gran consagrado era Anatole France.

De Madrid a Paris (1902). En ese año conocí en París a Rubén Darío.

De 1903 a 1910, diversos viajes por España: Granada, Córdoba, tierras de Soria, las fuentes del Duero, ciudades de Castilla, Valencia, Aragón.

De Soria a París (1910). Asistía a un curso de Henri Bergson en el Colegio de Francia.

De 1912 a 1919, desde Baeza a las fuentes del Guadalquivir y a casi todas las ciudades de Andalucía.

Desde 1919 paso la mitad de mi tiempo en Segovia y en Madrid la otra mitad aproximadamente. Mis últimas excursiones han sido a Ávila, León, Palencia y Barcelona (1928).

ANTONIO MACHADO

(en Gerardo Diego, ed., Poesía Española. Antología 1915-1931, Madrid Signo, 1932)

CXXVII
OTRO VIAJE

Ya en los campos de Jaén,
amanece. Corre el tren
por sus brillantes rieles,
devorando matorrales,
alcaceles,
terraplenes, pedregales,
olivares, caseríos,
praderas y cardizales,
montes y valles sombríos.
Tras la turbia ventanilla,
pasa la devanadera
del campo de primavera.
La luz en el techo brilla
de mi vagón de tercera.
Entre nubarrones blancos,
oro y grana;
la niebla de la mañana
huyendo por los barrancos.
¡Este insomne sueño mío!
¡Este frío
de un amanecer en vela!…
Resonante,
jadeante,
marcha el tren. El campo vuela.
Enfrente de mí, un señor
sobre su manta dormido;
un fraile y un cazador
—el perro a sus pies tendido—.
Yo contemplo mi equipaje,
mi viejo saco de cuero;
y recuerdo otro viaje
hacia las tierras del Duero.
Otro viaje de ayer
por la tierra castellana
—¡pinos del amanecer
entre Almazán y Quintana!—
¡Y alegría
de un viajar en compañía!
¡Y la unión
que ha roto la muerte un día!
¡Mano fría
que aprietas mi corazón!
Tren, camina, silba, humea,
acarrea
tu ejército de vagones,
ajetrea
maletas y corazones.
Soledad,
sequedad.
Tan pobre me estoy quedando
que ya ni siquiera estoy
conmigo, ni sé si voy
conmigo a solas viajando.

Campos de Castilla (versión de 1917).

CXXXII
LOS OLIVOS

A Manolo Ayuso

I

¡Viejos olivos sedientos
bajo el claro sol del día,
olivares polvorientos
del campo de Andalucía!
¡El campo andaluz, peinado
por el sol canicular,
de loma en loma rayado
de olivar y de olivar!
Son las tierras
soleadas,
anchas lomas, lueñes sierras
de olivares recamadas.
Mil senderos. Con sus machos,
abrumados de capachos,
van gañanes y arrieros.
¡De la venta del camino
a la puerta, soplan vino
trabucaires bandoleros!
¡Olivares y olivares
de loma en loma prendidos
cual bordados alamares!
¡Olivares coloridos
de una tarde anaranjada;
olivares rebruñidos
bajo la luna argentada!
¡Olivares centellados
en las tardes cenicientas,
bajo los cielos preñados
de tormentas!…
Olivares, Dios os dé
los eneros
de aguaceros,
los agostos de agua al pie,
los vientos primaverales,
vuestras flores racimadas;
y las lluvias otoñales
vuestras olivas moradas.
Olivar, por cien caminos,
tus olivitas irán
caminando a cien molinos.
Ya darán
trabajo en las alquerías
a gañanes y braceros,
¡oh buenas frentes sombrías
bajo los anchos sombreros!…
¡Olivar y olivareros,
bosque y raza,
campo y plaza
de los fieles al terruño
y al arado y al molino,
de los que muestran el puño
al destino,
los benditos labradores,
los bandidos caballeros,
los señores
devotos y matuteros!…
¡Ciudades y caseríos
en la margen de los ríos,
en los pliegues de la sierra!…
¡Venga Dios a los hogares
y a las almas de esta tierra
de olivares y olivares!

 

II

A dos leguas de Úbeda, la Torre
de Pero Gil, bajo este sol de fuego,
triste burgo de España. El coche rueda
entre grises olivos polvorientos.
Allá, el castillo heroico.
En la plaza, mendigos y chicuelos:
una orgía de harapos…
Pasamos frente al atrio del convento
de la Misericordia.
¡Los blancos muros, los cipreses negros!
¡Agria melancolía
como asperón de hierro
que raspa el corazón! ¡Amurallada
piedad, erguida en este basurero!…
Esta casa de Dios, decid hermanos,
esta casa de Dios, ¿qué guarda dentro?
Y ese pálido joven,
asombrado y atento,
que parece mirarnos con la boca,
será el loco del pueblo,
de quien se dice: es Lucas,
Blas o Ginés, el tonto que tenemos.
Seguimos. Olivares. Los olivos
están en flor. El carricoche lento,
al paso de dos pencos matalones,
camina hacia Peal. Campos ubérrimos.
La tierra da lo suyo; el sol trabaja;
el hombre es para el suelo:
genera, siembra y labra
y su fatiga unce la tierra al cielo.
Nosotros enturbiamos
la fuente de la vida, el sol primero,
con nuestros ojos tristes,
con nuestro amargo rezo,
con nuestra mano ociosa,
con nuestro pensamiento
—se engendra en el pecado,
se vive en el dolor. ¡Dios está lejos!—.
Esta piedad erguida
sobre este burgo sórdido, sobre este basurero,
esta casa de Dios, decid, oh santos
cañones de von Kluck, ¿qué guarda dentro?

 

Campos de Castilla (versión de 1917).

 

CXLII

MARIPOSA DE LA SIERRA

 

A Juan Ramón Jiménez, por

su libro Platero y yo.

¿No eres tú, mariposa,
el alma de estas sierras solitarias,
de sus barrancos hondos,
y de sus cumbres agrias?
Para que tú nacieras,
con su varita mágica
a las tormentas de la piedra, un día,
mandó callar un hada,
y encadenó los montes
para que tú volaras.
Anaranjada y negra,
morenita y dorada,
mariposa montés, sobre el romero
plegadas las alillas o, voltarias,
jugando con el sol, o sobre un rayo
de sol crucificadas.
¡Mariposa montés y campesina,
mariposa serrana,
nadie ha pintado tu color; tú vives
tu color y tus alas
en el aire, en el sol, sobre el romero,
tan libre, tan salada!…
Que Juan Ramón Jiménez
pulse por ti su lira franciscana.

 

Sierra de Cazorla, 28 de mayo de 1915.

 

Elogios.

CLV

HACIA TIERRA BAJA

I

Rejas de hierro; rosas de grana.
A quién esperas,
con esos ojos y esas ojeras,
enjauladita como las fieras,
tras de los hierros de tu ventana?

Entre las rejas y los rosales,
¿sueñas amores
de bandoleros galanteadores,
fieros amores entre puñales?
Rondar tu calle nunca verás
ese que esperas; porque se fue
toda la España de Mérimée.

Por esta calle —tú elegirás—
pasa un notario
que va al tresillo del boticario,
y un usurero, a su rosario.

También yo paso, viejo y tristón.
Dentro del pecho llevo un león.

II

Aunque me ves por la calle,
también yo tengo mis rejas,
mis rejas y mis rosales.

III

Un mesón de mi camino.
Con un gesto de vestal,
tú sirves el rojo vino
de una orgía de arrabal.

Los borrachos
de los ojos vivarachos
y la lengua fanfarrona
te requiebran ¡oh varona!

Y otros borrachos suspiran
por tus ojos de diamante,
tus ojos que a nadie miran.

A la altura de tus senos,
la batea rebosante
llega en tus brazos morenos.

¡Oh mujer,
dame también de beber!

IV

Una noche de verano.
El tren hacia el puerto va,
devorando aire marino.
Aún no se ve la mar.

*

Cuando lleguemos al puerto
niña, verás
un abanico de nácar
que brilla sobre la mar.

*

A una japonesa
le dijo Sokán:
con la blanca luna
te abanicarás,
con la blanca luna,
a orillas del mar.

V

Una noche de verano,
en la playa de Sanlúcar,
oí una voz que cantaba:
Antes que salga la luna.

Antes que salga la luna,
a la vera de la mar,
dos palabritas a solas
contigo tengo de hablar.

¡Playa de Sanlúcar, noche de verano,
copla solitaria
junto al mar amargo!

¡A la orillita del agua,
por donde nadie nos vea,
antes que la luna salga!

 

Nuevas canciones (1924).

 

CANCIONES DE TIERRAS ALTAS

VII

En Córdoba la serrana,
en Sevilla, marinera
y labradora, que tiene
hinchada, hacia la mar, la vela;
y en el ancho llano
por donde la arena sorbe
la baba del mar amargo,
hacia la fuente del Duero
mi corazón ¡Soria Pura!
se tornaba… ¡Oh, fronteriza
entre la tierra y la luna!
¡Alta paramera
donde corre el Duero niño,
tierra donde está su tierra!

 

Nuevas canciones (1924)

 

LOS SUEÑOS DIALOGADOS

 

II

¿Por qué, decidme, hacia los altos llanos,
huye mi corazón de esta ribera,
y en tierra labradora y marinera
suspiro por los yermos castellanos?

Nadie elige su amor. Llevóme un día
mi destino a los grises calvijares
donde ahuyenta al caer la nieve fría
las sombras de los muertos encinares.

De aquel trozo de España, alto y roquero,
hoy traigo a ti, Guadalquivir florido,
una mata del áspero romero.

Mi corazón está donde ha nacido,
no a la vida, al amor, cerca del Duero…
¡El muro blanco y el ciprés erguido!

 

Nuevas canciones (1924)

PROVERBIOS Y CANTARES

 

LXXXVII

 

¡Oh Guadalquivir!
te vi en Cazorla nacer
hoy en Sanlúcar morir.

Un borbollón de agua clara,
debajo de un pino verde,
eras tú, ¡qué bien sonabas!

Como yo, cerca del mar,
río de barro salobre,
¿sueñas con el manantial?

 

Nuevas canciones (1924)

CLXVI

VIEJAS CANCIONES

I

A la hora del rocío,
de la niebla salen
sierra blanca y prado verde.
¡El sol en los encinares!
Hasta borrarse en el cielo,
suben las alondras.
¿Quién puso plumas al campo?
¿Quién hizo alas de tierra loca?
Al viento, sobre la sierra,
tiene el águila dorada
las anchas alas abiertas.
Sobre la picota
donde nace el río,
sobre el lago de turquesa
y los barrancos de verdes pinos;
sobre veinte aldeas,
sobre cien caminos…
Por los senderos del aire,
señora águila,
¿dónde vais a todo vuelo tan de mañana?

II

Ya había un albor de luna
en el cielo azul.
¡La luna en los espartales,
cerca de Alicún!
Redonda sobre el alcor,
y rota en las turbias aguas
del Guadiana menor.

Entre Úbeda y Baeza
‒loma de las dos hermanas;
Baeza, pobre y señora;
Úbeda, reina y gitana‒,
Y en el encinar
¡luna redonda y beata,
siempre conmigo a la par!

III

Cerca de Úbeda la grande,
cuyos cerros nadie verá,
me iba siguiendo la luna
sobre el olivar,
una luna jadeante,
siempre conmigo a la par.

Yo pensaba: ¡bandoleros
de mi tierra!, al caminar
en mi caballo ligero.
¡Alguno conmigo irá!.

Que esta luna me conoce
y, con el miedo, me da
el orgullo de haber sido
alguna vez capitán.

IV

En la sierra de Quesada
hay un águila gigante,
verdosa, negra y dorada,
siempre las alas abiertas.
Es de piedra y no se cansa.

Pasado Puerto Lorente
entre las nubes galopa
el caballo de los montes.
Nunca se cansa: es de roca.

En el hondón del barranco
se ve al jinete caído,
que alza los brazos al cielo.
Los brazos son de granito.

Y allí donde nadie sube
hay una virgen risueña
con un río azul en brazos.
Es la Virgen de la Sierra.

 

Nuevas canciones (1924).

Apuntes para una geografía emotiva de España

 

I

¡Torreperogil!

¡Quién fuera una torre, torre del campo

del Guadalquivir!

 

II

Sol en los montes de Baza.

Mágina y su nube negra.

En el Aznaitín afila

su cuchillo la tormenta.

 

III

En Garciez

hay más sed que agua;

en Jimena, más agua que sed.

 

IV

¡Qué bien los nombres ponía

quien puso Sierra Morena

a esta serranía!

 

V

En Alicún se cantaba:

“Si la luna sale,

mejor entre los olivos

que en los espartales.”

 

VI

Y en la sierra de Quesada:

“Vivo en pecado mortal:

no te debiera querer;

por eso te quiero más”

 

VII

Tiene una boca de fuego

Y una cintura de azogue.

Nadie la bese.

Nadie la toque.

Cuando el látigo del viento

Suena en el campo: ¡amapola!

(como llama que se apaga

o beso que no se logra)

su nombre pasa y se olvida.

Por eso nadie la nombra.

Lejos, por los espartales,

más allá de los olivos,

hacia las adelfas

y los tarayes de río,

Con esta luna de la madrugada,

¡amazona gentil del campo frío!…

 

A la manera de Juan de Mairena